Israel con el corazón circuncidado (Rom. 2: 28-29). Tampoco comprendían que
cuando la nación judía rechazó a Jesús se había separado de la raíz y del
tronco del verdadero Israel, en el cual los conversos cristianos, fueran judíos
o gentiles, debían ser injertados (Rom. 11). Es evidente que aún esperaban que
se estableciera el reino mesiánico de David, en la monarquía en Judá, en el
pueblo judío literal. Ver t. IV, pp. 28-38.
No presenta dificultad alguna el hecho de que los discípulos emplearan la
palabra "Israel" para referirse a "Judá". Es verdad que con frecuencia se
emplea el nombre "Israel" para designar a las diez tribus del norte y
distinguirlas de Judá; pero también se aplica muchas veces al conjunto de las
doce tribus y aun a Judá específicamente, así como al pueblo escogido de Dios
sin ninguna distinción de tribu (ver com. Isa. 9: 8). El contexto debe
indicar el sentido en todos los casos. Por lo tanto, no es sorprendente que en
el NT siempre encontremos que se aplica el nombre "Israel" a toda la nación
judía. Aunque los judíos de ese tiempo eran mayormente de la tribu de Judá,
les pertenecía la sucesión directa y legítima no sólo por ser de la provincia
postexílica de Judá (que era la continuación del anterior reino de Judá), sino
también de la nación de Israel originalmente unida.
Los judíos de los dias de Cristo eran los herederos de la antigua teocracia que
había sido gobernada por la dinastía davídica instituida por Dios, centrada en
el culto del templo divinamente ordenado y fundada sobre el pacto nacional
entre Dios y su pueblo escogido. Pablo llama a sus compatriotas judíos
"israelitas", de los cuales, según la carne, eran "la adopción, la gloria, el
pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los
patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo" (Rom. 9: 4-5; cf.
vers. 3; ver cap. 3: 1-2; 11: 1).
Por lo tanto, no era irrazonable que los discípulos creyeran que las profecías
y las promesas que habían sido dadas al Israel de la antigüedad pertenecieran a
los judíos, sucesores del antiguo reino davídico, y no al "Israel" de las diez
tribus del norte que se habían 127 separado de la casa de David; pues esas
tribus no sólo se habían separado de Judá, sino también del templo y del
verdadero culto a Dios, y por lo tanto del pacto nacional. A la realidad de la
herencia monárquica de Judá se sumaba el hecho de que esta nación, desde el
momento cuando se produjo la separación en los días de Jeroboam, había
asimilado a muchos miembros de las diez tribus del norte que deseaban
permanecer leales a Jehová (2 Crón. 11: 13-16; 15: 9; cf. cap. 16: 1). Estos
hechos explican el uso repetido del término Israel para designar al reino de
Judá, y, después del cautiverio, a la comunidad judía reconstituida como
provincia de Judá, a la cual pertenecían todos aquellos que habían regresado
del exilio, sin importar de qué tribu eran (Esd. 2: 70; 3: 1; 4: 3; 6: 16-17,
21; 7: 7, 13; 8: 29; 9: 1; 10: 5; Neh. 1: 6; 9: 1-2; 10: 39; 11: 3, 20; Eze.
14: 1, 22; 17: 2, 12; 37: 15-19; Dan. 1: 3; Zac. 8: 13; Mal. 1: 1).
Además, la nación judía del tiempo de Jesús representaba a las otras tribus de
Israel, no sólo en población (Luc. 2: 36) sino también en territorio (t. V, pp.
47-48). Las siguientes personas emplearon el término "Israel" para designar a
la nación judía: Juan el Bautista (Juan 1: 31), Simeón (Luc. 2: 32, 34), Jesús
(Mat. 8: 10; Luc. 7: 9; Juan 3: 10), los discípulos y otros habitantes de Judea
(Mat. 2: 20-22; 9: 33; Luc. 24: 21; Hech. 1: 6; 2: 22-23; 3: 12; 4: 8, 27; 5: